Historia de dos VIII

El despertador sonó a la hora acostumbrada. Salió del cuarto y Daiana seguía durmiendo, por lo cual decidió hacerle una broma. Preparó el desayuno para los dos y una vez que lo terminó golpeó con fuerzas la puerta de su cuarto.

— ¡Daiana, levántate que llegas tarde a trabajar, me quedé dormido!

Los golpes la despertaron y las palabras retumbaron en su cabeza como si le arrojasen un vaso con agua fría. Saltó de la cama sin consultar ningún reloj, se cambió de ropa y salió toda despeinada con cara de preocupación.

Sebastián la vio y no logró contener una estrepitosa carcajada.

Daiana lo miró y no entendía de que se reía, una idea le cruzó la mente y consultó el reloj de la cocina, faltaba una hora para ir a trabajar, tiempo suficiente para desayunar e ir al trabajo.

Daiana enojada— ¡Hijo de…, te voy a asesinar!

Corrió hacia él enojada y comenzó a darle golpes en el pecho obligándolo a caer en el sillón. Se defendió como pudo sin tratar de pegarle.

— Para, te hice el desayuno.

— Y que me importa.

Le agarró las manos y la obligó a terminar la pelea por cansancio. Fue a desayunar con un poco de rencor que no duró demasiado.

— Por lo menos hiciste el desayuno, no sabes el hambre que tengo.

— Me imagino, anoche no cenaste.

— ¿No cené?

— Sí, no cenaste, te dormiste en la mesa ni bien llegaste.

Hizo un poco de memoria mientras comía una tostada.

— Me acuerdo que llegué, y que me senté… y no me acuerdo nada más.

— Después te dormiste, te llevé a la cama y te dejé dormir.

— ¿Me llevaste a la cama?

— Sí, no te voy a dejar durmiendo en la mesa.

Tomó un sorbo de café y siguió con otra tostada.

— Gracias.

Se paró y fue al baño a arreglarse un poco, después salió para el trabajo.

Llegó a la facultad a la hora habitual, y se dirigió a la biblioteca a pasar carpetas y a estudiar un poco, desde que murió su novio que no tocaba un libro.

Se hizo la hora de ir a clases y fue sin muchas ganas. No vio a Sebastián por ningún lado, pasó por el aula a ver si estaba y no lo encontró.

No entendió mucho de la clase, y prefirió volver a la biblioteca a seguir poniéndose al día, volvió a pasar por el aula de Sebastián y no lo vio, le extrañó que faltara a clases y decidió probar suerte con llamarlo por teléfono, pero nadie le contestó. Se quedó un poco preocupada, pero otra cosa no podía hacer, debía ponerse al día.

En el recreo pasó por el buffet a descansar un poco y a comer algo, se reencontró con otras compañeras y se olvidó de intentar llamarlo. En la clase siguiente entendió un poco más que en la anterior, por lo que decidió quedarse.

Le llamo la atención hacer el camino sola de regreso a su casa, algo le faltaba y no se daba cuenta de lo que era.

Entro en la casa, encontró las luces encendidas pero Sebastián no parecía estar.

— ¡Sebastián!

Sebastian enfermo

Nadie respondió, busco en la cocina y todo estaba en orden, golpeó la puerta del baño sin obtener respuesta, entró para verificar y no estaba. Fue al cuarto de él, entró sin golpear y lo encontró recostado, tapado hasta el cuello, con la cara pálida y la mano que la saludaba.

— ¿Qué te pasó?

— Me cayó mal el almuerzo.

— Que bien, lo que faltaba, ¿Cómo te sentís?

— Mejor desde que vomité.

— Te llamé por teléfono.

— Lo escuché, pero estaba ocupado en el baño.

— Te voy a preparar algo livianito para comer.

Volvió después de diez minutos con un plato de sopa y un sándwich sobre una bandeja.

— ¿No te parece mucho?

— El sándwich es para mí, lo traje para comer con vos.

— Gracias.

Dejó todo en el piso, puso un almohadón en el respaldo de la cama y trató de ayudarlo a recostarse.

— Deja, estoy descompuesto, no moribundo.

— Está bien, como digas.

Se recostó solo, Daiana le alcanzó la bandeja y cenó la sopa caliente, ella se sentó en el piso y comió su sándwich.

— ¿Cómo estuvo tu segundo día de la clases?

— Bien, estoy media perdida pero ya me estoy poniendo al día. Hoy me quedé en la biblioteca pasando carpetas y estudiando, tengo que agradecerles a varias compañeras.

— Mira que mañana vas a tener que hacer el desayuno, por el almuerzo no te preocupes, creo que voy a estar mejor, con suerte vaya a la facultad mañana.

— Con suerte…

Daiana se paró y juntó la bandeja con los platos. Miró a Sebastián con preocupación, se agachó, le dio un beso con dulzura en la frente y una extraña sensación la recorrió en ese momento.

— Buenas noches.

Sin querer dejó ver una minuciosa sonrisa, camino despacio hasta la puerta, apago la luz y cerro la puerta.

Dejó todo en la cocina, tomó asiento y se puso a pensar qué le pasaba. Primero fue una sensación de soledad cuando volvía de la facultad, y después, una especie de atracción por Sebastián, o demasiada preocupación por él, no sabía lo que era pero le llamaba la atención un poco.

Dejó sus pensamientos fluir mientras iba a la cama a dormir.

Continuara…

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