El redactor III

Julián se quedo callado, saco un cigarrillo y con la otra mano un encendedor. Lo encendió, dejándolo consumirse en su mano derecha. Volvió a tomar su lugar en la lapida. Necesitaba despejarse un poco y miro otra vez la gente alrededor de él. Encontró personajes nuevos, y descubrió animales rondando entre las tumbas. Asombrado miro hacia el cielo y entre las estrellas encontró a Grovi, un dragón, surcando el cielo con un gracioso vuelo. Unos de sus personajes mas queridos. Siguió por un rato el vuelo de Grovi con los ojos y la cabeza.

Grovi

Gabriel enmudeció, sabia que uno de los requisitos para ser un escritor famoso es ser excéntrico y un poco “raro”, Julián los cumplía perfectamente. Cuando se ponía en ese estado era inútil apurarlo, debía esperar a que hable. Le llamo la atención verlo mover la cabeza tan irregularmente. Trato de ver lo que Julián veía, pero allí no había absolutamente nada. Es un escritor famoso, pensó. Julián dejo de seguir a Grovi, miro a Gabriel e interpuso el cigarrillo medio consumido entre ambos.

— Una amiga me contagio el vicio, a los 20, ahora enciendo uno por día y le doy un par de secas, aun­que no parezca las mujeres me influenciaron mucho, le debo la vida a una, otra me enseño a leer, otra a amar y sufrir, otra a escribir, y así puedo seguir toda la noche.

— Contame un poco sobre la que te enseño a leer.

— Carolina, compañera mía de la universidad, me abrió la cabeza con respecto a autores y géneros y me presto un libro muy importante en mi vida.

— ¿Que libro?

— Por cada libro, existen tantas interpretaciones, como personas en el mundo.

— Muy buena evasiva Julián.

— No es una evasiva, cada lector tiene su visión sobre un libro, mi visión me hizo ver algo, y seguro que a vos o a cualquiera le hará ver algo diferente a lo que yo vi, así que es anecdótico decirlo.

— Pero no deja de ser una evasiva —replico Gabriel con una leve sonrisa.

Julián lo miro fríamente, odiaba que indaguen en él cuando no lo deseaba. Gabriel borro la sonrisa y entendió el mensaje.

— ¿Quien te enseño a escribir? —pregunto seriamente Gabriel.

— Una princesa que luego se convirtió en sapo… y sigue siendo eso —Julián miro a Gabriel casi al borde de la carcajada— Ni bien termine de leer el libro conocí esta princesa. El libro me abrió la cabeza, la chica el corazón y necesitaba hacer algo con todo eso, y así empecé a escribir. Luego la princesa se convirtió en sapo y nunca mas la vi.

— Una historia interesante —acoto Gabriel.

— Podrías usarla para escribir una novela —bromeo Julián.

— Solo hago biografías de escritores famosos que alucinan a sus personajes.

Gabriel se asombro al ver el efecto del sarcasmo en Julián, casi se cae de la lapida por la gran carcaja­da. La risa de Julián lo contagio y ambos rieron unos segundos. Cuando la risa ceso Gabriel volvió a su trabajo.

— Contame un poco sobre como fue evolucionando tu modo de escribir.

— Como te dije, al principio fue como una válvula de escape para que mi cabeza no explote, escribía y luego me lo olvidaba. Después no, aprendí a retener la idea el tiempo necesario para escribirla y con eso vinieron las alucinaciones.

— Entonces las alucinaciones serian como el escape que te niegas a darles —dedució Gabriel.

— Puede ser… pero creo que es algo mas importante. No se como explicarlo pero escribir es mi vida, me sacas eso y me estas sacando el sentido de las cosas.

Gabriel sintió como Julián corría hacia el borde de un abismo. Ahora con ganas de saltar. Julián quería hablar, lo necesitaba, todavía no lo hacia, pero poco a poco lo estaba logrando, ya casi lo estaba por hacer y eso le da fuerzas para seguir intentando. Luego de la pausa Julián continuo hablando.

— Así como necesito escribir para seguir vivo, también me esta matando —Julián levanto el cigarrillo casi consumido mostrándoselo a Gabriel— Es como este cigarrillo para un fumador compulsivo, no puede vivir sin él, pero con él se muere de a poco, lo consume lentamente.

— ¿Te pasa eso cuando escribís?

— Si, ni bien empecé a escribir lo sentí, me agotaba, me cansaba, hubo veces que me dormía, pero no podía dejar de hacerlo. Siento que con cada palabra escrita dejo una parte de mi vida, la acorto, como cada cigarrillo fumado.

— Debe ser feo —trato de consolarlo Gabriel.

— Peor que estar entre la espada y la pared. Escribo y me muero, dejo de hacerlo y también me muero. Para ser sincero la muerte la prefiero agradable y buena, por eso no dejo de escribir.

— ¿Alguna ves hablaste de esto con alguien?

— Si, con un biógrafo que solo escribe acerca de escritores famosos que alucinan a sus personajes.

Continuara…

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