El redactor I

“Por cada libro, existen tantas interpretaciones, como personas en el mundo”

Faltaban diez para las nueve y el invierno oscureció el lugar. Gabriel se encontraba de nuevo frente a las enormes puertas.

Entrada al cementerio

— La próxima ves que entre por estas puertas, será con los pies por delante —se dijo en voz baja.

No solo en los claros ojos celestes había resignación, también en la postura de sus gruesas cejas y en la seriedad de su rostro. Nunca le gusto ese lugar y todavía no sabia por qué dijo que si a ese trabajo, pero necesitaba hacerlo. Debe estar sentado esperándome, como siempre, esperando mi llegada para charlar sobre su vida y obra, pensó Gabriel.

El metro ochenta era custodiado por una abrigada y gruesa campera, un pantalón de jean cubría las pier­nas y unos rústicos borcegos militares evitaban el frío en los pies. A pesar de no fumar, por la nariz de Gabriel se escapaba un vapor color niebla. Paso por la puerta silenciosamente, antes que el cuidador de aquel incomodo lugar las cerrase a las nueve en punto, como siempre.

Gabriel conocía el camino de memoria, incluso la primera vez que lo visitó, nunca apreció la idea de perderse entre las tumbas, aunque sólo fuera por unos minutos. El lugar se encontraba desierto, sólo había tres cuerpos con vida entre los miles de allí. Paso las enormes bóvedas de la gente famosa e ilustre de la ciudad mirando las grotescas gárgolas y los dulces ángeles ubicados en los techos de algunas de ella. No se cansaba de admirar las estatuas. Cuando llego a la entraba de la bóveda con puerta de mármol, la única en todo el lugar, doblo a la derecha hasta que salió de esa zona y llego a la parte de los niños. Odiaba esa parte, todas tumbas de no mas de un metro, todas aquellas vidas cortadas de raíz por la guadaña de la efi­caz muerte le causaban una sensación de injusticia y angustia. Podía decirse que pasó corriendo hasta lle­gar al fondo del recinto.

Sentado sobre una lápida, Julián lo esperaba con una alegre sonrisa, le causaba gracia verlo pasar apre­surado por entremedio de las pequeñas tumbas, rodeado de tanta gente dando vueltas a su alrededor. Detrás de Julián se hallaba un pozo abierto con el cajón empotrado en el fondo, la tapa estaba corrida, dejando ver la nada dentro del cajón. La pala, culpable de abrir el pozo, esta todavía en la escena del crimen junto a montañas de evidencia. El show termina cuando pasa la última tumba, ahora Gabriel camina a paso normal y mas relajado. La sonrisa del rostro de Julián desaparece gradualmente hasta convertirse en sorpresa. Una de las tantas personas saca un delgado hilo del bolsillo y luego lo tensa con ambas manos; comienza a se­guir a Gabriel hasta alcanzarlo. Julián bajó de la lapida, imagino el fino hilo apretando el cuello de Ga­briel, sacando de apoco el poco aire, obligándolo a permanecer inmóvil, y luego dejarse morir. Estiro un brazo y abrió la boca para emitir un grito de advertencia, pero no lo hizo, se freno, y volvió a sentarse en la lapida.

Las manos pasaron por delante del rostro de Gabriel, el hilo ocupó su lugar debajo de la nuez de Adán  y el extraño hombre tiro el hilo con fuerza hacia él. Gabriel continuo su camino sin ninguna dificultad hasta que llego al lado de Julián. El extraño hombre ahorco a otra persona que no era Gabriel, guardo el hilo en su bolsillo y siguió caminando.

— Creí que no ibas a venir.

Antes de responder Gabriel saco un pequeño walkman de su bolsillo, apretó el botón rojo y lo dejo en el medio de ambos.

— Se me hizo un poco tarde, ya sabes como es el trabajo de oficina —se excuso Gabriel.

— Sí.

— ¿Que quisiste hacer cuando te bajaste de ahí? —Gabriel ya comenzó a trabajar.

— Nada, tenia ganas de estirar un poco las piernas.

Continuara…

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